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UN PEZ ENREDADO

El banderillero mayor

Hoy enterramos a Don Felix.
El tiempo no ha hecho mella en mi recuerdo, aun, si cierro los ojos, puedo verme de crio, casi llevado a rastras por mi madre a que Don Felix, el practicante del pueblo, clavara con pulso titubeante las agujas en mis tiernas nalgas.
Para llegar a la consulta había que subir una interminable escalera que parecía conducir al cielo, un cielo que para mí era puro infierno, siempre temí al dolor, ya fuese producido por accidentes o por médicos. Ya de las escaleras se desprendia un penetrante olor a antiseptico y coñac, amalgamado en el aire dulzón. Ese olor siempre me ha acompañado en cuantas visitas realizo a hospitales y sitios de cura, aunque no huelan así, mi mente recupera el recuerdo de aquella rustica consulta y lo desliza hasta mi olfato.
Reconozco que al principio caía en la triquiñuela de aquel hombre de voz ronca, cuando ya con los pantalones por la rodilla, inclinado, y ofreciendo mi retaguardia, pasaba el algodón impregnado en alcohol, y golpeaba la carne infantil con el dorso de la mano simulando haber puesto la inyección, para acto seguido pinchar la banderilla en toda su longitud. Luego te daba un caramelo que sabía a lágrimas y mala leche, porque si las miradas de un niño pudieran matar, a Don Felix lo hubieran enterrado hace veintitantos años.
No sé los conocimientos de medicina que tendría ese buen señor, pero sé que a mucha gente dejo coja por inyecciones mal puestas, agujas que se doblaron al entrar mal, y otros desmanes propios del oficio, del alcohol y de la falta de sustituto, una combinación que para bien o mal, marcó la vida de todo el pueblo.
Ayer, el que fué banderillero mayor, cogió los trastos y se fué a poner una banderilla a San Pedro, a ver si también cuela lo del cachetito.

Se ruega una oración por su alma.

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