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UN PEZ ENREDADO

Venganza (relato de ficción)

Apenas había amanecido cuando seis disparos simultaneos de pistola resonaron en la chopera poniendo a la fuga una nube de pájaros. Marta, desde el coche, cerró los ojos y los apretó con tanta fuerza que comenzo a ver extrañs luces emergentes, hasta una que identificó como una rodaja de piña en almibar. Al abrir los ojos y frotarselos con los puños, estos quedaron manchados con las lágrimas que corrían por sus mejillas. El vehículo olia a humedad, a tabaco y a rabia, y era una fragancia embriagadora, miró por el retrovisor y vió el otro vehículo. Cuando pararon, había visto salir a sus tres hermanos y entre ellos, trastabillando en la ribera con las manos atadas a la espalda y una bolsa de tela negra tapandole la cabeza, Marcos. Había intentado huir, se zafó de las manos y corrío un par de metros, torpemente, aún entumecido por la estancia en el maletero, tropezó con una raiz y su cabeza golpeó secamente el tronco de un árbol al caer.
Cerrar los ojos e imaginar que estas en un lugar distinto, maravilloso, no es la mejor manera de afrontar los problemas, pero si quizá la más comoda. Marta abrió los ojos, nada, ni el aire se movía, agarró con manos tremulas el tirador de la puerta para descubrir consternada que estaba cerrado, sus hermanos siempre defendiéndola, siempre protegiendola de todos, como la más fiera guardia pretoriana.
Desde la violación no la dejaron sola ni un momento, acudieron con ella al hospital, a la comisaria, al juzgado, y en todos los sitios les pometieron que la justicia llegaría hasta el culpable, pero claro, hay justicia y justicia, y a veces esta es lenta, tortuosa y atrapada por una montaña de papeles que la hacen insufrible. Pero los hermanos Jaena no necesitaron mucho tiempo para dar con el culpable, Marcos, un payo de la zona norte que solía aparecer los fines de semana por la barriada para comprar pastillas que consumir y revender en las discotecas. Le prepararon una encerrona y terminó en el maletero del mercedes con una fuerte contusión en la cabeza.
Los vió regresar por la estrecha vereda, apenas un camino de cabras que conducia al estercolero donde casi todos los ganaderos de la comarca depositaban los purines, llevaban 6 palas, 6 pistolas y 6 mentes frías que habían limpiado el honor y vengado a Marta.
El sol, surgiendo tras las montañas, teñia los jirones de nubes de tonos sonrojados, Marta cerró los ojos y viajó del coche al país de sus sueños... pero ya nada era lo mismo.

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